domingo, 29 de enero de 2012

El sur de NL, otra región en contingencia por hambruna


En Doctor Arroyo nunca padecieron sequía tan intensa como la actual
La talla de lechuguilla ya no deja ni para comer, dicen sus habitantes
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La talla de lechuguilla, un oficio que abuelos y padres han transmitido y que ahora enseñan a los hijos y nietos, que a lo largo de los años no conocerán otra forma de ganarse la vida
Foto Sanjuana Martínez
Especial para La Jornada / Domingo 29 de enero de 2012, p. 33

Doctor Arroyo, NL. Desde muy temprano, Margarito Cruz Chávez va a las faldas del cerro del Altiplano nuevoleonés a buscar entre matorrales y cactáceas la lechuguilla para tallarla y extraer el ixtle. De eso depende la supervivencia de su familia, que apenas alcanza una comida al día con los 11 pesos obtenidos por cada kilo. La siembra de temporal desapareció hace año y medio por la falta de lluvia: Nos estamos muriendo de hambre y a nadie le importa. Nunca habíamos estado tan mal.
En el piso está el banco, el tallador, la arrancadora y la oaxaca, instrumentos que utiliza para la talla a mano por la cual le dan 4 pesos más por kilo. Pero al día, trabajando 10 horas, sólo puede llegar a sacar tres kilos de fibra: “Si talla 50 pesos mi señor no ajustamos ni un almuerzo: 25 el kilo de frijol, la maseca en 13, porque no hay maíz, y el aceite en 30 y tantos... ¿usted cree? En el día damos una comida, con una tenemos”, dice su esposa Cándida Cruz Espinosa.

Con seis hijos y ocho nietos, la familia vive de la talla de lechuguilla, oficio que los abuelos y los padres les trasmitieron y que ahora enseñan a los hijos y nietos: Voy ajustar 50 años y no conozco otro trabajo. ¿Qué más?: aquí no hay otra cosa.
Su hija Beatriz Cruz Cruz, de 21 años, lo interrumpe con un bebé en los brazos: El carro de lechuguilla lo viene uno tallando a la semana, fíjese. De aquí a que salga el ixtle y se seque. Lo compran en la cooperativa, pero ya nos dijeron que dentro de poco ya no lo van a comprar. ¿Qué vamos a hacer? De por sí, ahorita estamos comiendo puro chilito, como quien dice, luego ya ni eso. El pollo o la carne tenemos mucho tiempo sin probarlos.

Tiene dos niños, ambos enfermos de gripe. Aquí los niños mueren a veces de una simple diarrea: En el centro médico no tenemos medicinas desde hace meses, ni tampoco doctor, hay que ir a la cabecera municipal, pero cobran 700 pesos. Bien nos muremos (sic) porque no alcanzamos a llegar. Ya han quedado varios en el camino.
Cándida, su madre, padece diabetes desde hace tres años. Dice que la enfermedad le surgió por una pena. Su nieta Anahí nació con dificultad: “Estábamos en la salita de espera y escuchamos el llorido. Nos dio un brinco el corazón de alegría, pero al rato el doctor salió y nos dijo: ‘ya nació la niña, pero con un pequeño problema para respirar’. No nos dijo nada de que íbamos a batallar”.

Al mes y medio, la bebé lloró sin parar durante días y de pronto dio muestras de su enfermedad: Le pegaron esas, ¿cómo se llaman?, ¿convulsiones? Le pegaron como diez, yo la agarraba y me la apretaba al pecho porque echaba unos gritos enloquecidos, como cabrito cuando lo matamos. Luego supimos que se llama parálisis cerebral.
En este desierto donde no crece nada hace años y las vacas van muriendo por falta de agua y comida, la presencia del Estado es casi nula. Cándida llora por la seca y por su pena. Está empeñada en conseguirle una carreola especial a su nieta para que pueda salir de su encerramiento: La pobrecita no mastica, sólo chupa. Nomás vive sentadita. Me juzgan loca porque sólo pienso en ayudarla. Tiene que haber alguien que nos ayude, con el ixtle no nos alcanza ni para comer.
La fibra de plástico ha ido desplazando al ixtle con el consiguiente deterioro de vida para miles de artesanos que en la región sur de Nuevo León no tienen otra manera de sobrevivir. La falta de industria y de infraestructura gubernamental y ahora la sequía y la hambruna han obligado a cientos de personas a emigrar.

Francisco Javier Alvarado, cronista e historiador del sur, nació en Doctor Arroyo y decidió dejar su pueblo para optar por una mejor vida. Con 16 hermanos sus padres no podían ofrecerle más que el oficio de tallador de ixtle: La talla de la lechuguilla nunca fue redituable y menos ahora. En otras épocas había oficinas del FCL de la forestal, donde acopiaban todo el ixtle del sur y se enviaba a Matehuala, Tamaulipas, y San Luis Potosí para hacer cordelería, reatas, mecates o cepillos para limpiar los metates, pero la sequía ha afectado todo.
Francisco Javier vivió tres sequías intensas, pero ninguna como ésta: En la primera sequía de los 60 nos manteníamos con sopa dorada y papas; en la siguiente, con tortilla y chile del molcajete, directo. Y ahora la sequía con el polvo suelto da como 20 centímetros de altura, los estanques están secos completamente.
Cuenta que antes por lo menos tenían flores de calabaza y de yuca para alimentarse, ahora ni eso dejo la seca: En los 40 el sur de Nuevo León fue uno de los grandes productores de maíz y frijol. Las labores de temporal se sembraban en abril, mayo y una segunda vez en septiembre y octubre. Se le llamaba el granero de Nuevo León.
Poco a poco las políticas institucionales abandonaron el campo. Los silos que almacenaban aquellas grandes producciones han quedado como símbolos de la decadencia y permanecen vacíos: Se acabó, todo se acabó por falta de estímulo y por el abandono y olvido institucional. Allí están las tierras ociosas con estas leyes agrarias.

La llegada de la fibra de plástico fue sustituyendo el trabajo de los ixtleros sin políticas públicas que les ofrezcan otra forma de vida. La sequía ha cobrado 10 mil cabezas de ganado y 40 mil hectáreas de maíz y frijol, es la peor en 50 años: “Siempre hemos sorteado las inclemencias, pero ahora la sequía está más terrible y es más difícil de superar. Antes corrías al monte y estaban las tunas y los nopales y teníamos la consistencia del maíz, con calabazas y caña de azúcar. Ahora, ni eso. Antes, en la época de seca, hacíamos calditos de flor de calabaza o de cabuches, la flor de la visnaga e incluso hongos huitlacoche. Pero no ha llovido. Todo se acabó. Después de año y medio así, ahora dicen que el gobierno va a traer despensas. Esos son mejorales, con eso no se arregla la pobreza extrema”.

Con más de 10 mil habitantes y decenas de ejidos en el desierto, el paso del estado en este municipio es casi inexistente y a veces muy ineficiente. María Luisa Lucio Montoya, de Santa Rita, muestra las pocas bondades del proyecto Vivir Mejor. Hace meses unos señores le ofrecieron el promocionado piso firme en un cuarto dejándole el techo lleno de agujeros: El frío se cuela y con el sereno se me moja todo. Lo del piso firme es puro mugrero.
La ayuda social en el sur de Nuevo León, como en otros municipios, está sometida a cuestiones electorales. Los que apoyan al PRI, el partido del gobernador Rodrigo Medina, tienen acceso a los pocos programas, y también las que votan por el PAN, partido del alcalde Jesús Lara.
Por eso, María de Jesús Montoya Pineda de 73 años hizo su cocina de puras lágrimas, porque está desengañada y no quiere apoyar a ningún partido.

Siempre vivimos de la talla de la lechuguilla. Ahora estamos desesperados. Con la seca no hay nada y la talla ya no deja.

lunes, 23 de enero de 2012

En el sur de Nuevo León la crisis alimentaria tiene más de un año

Sequía, hambruna y abandono gubernamental vive la gente
En el sur de Nuevo León la crisis alimentaria tiene más de un año
 
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Reses muertas por la sequía, en el estado de Nuevo LeónFoto Sanjuana Martínez
Sanjuana Martínez  / Especial para La Jornada
Domingo 22 de enero de 2012, p. 38

Doctor Arroyo, NL. La estufa de María Cruz Oliva Arzola está hecha de tres llantas apiladas rellenas de adobe. Al lado de la lumbre hay un jarro vacío requemado. El molino de nixtamal lleva varios meses sin usarse. La cocina es de láminas y madera, por donde el frío se cuela. El piso, de tierra. Las vasijas están vacías. No hay maíz, tampoco agua potable, mucho menos frijol. Los animales han muerto, sólo le queda una gallina con pocas plumas que de vez en cuando le da un huevo: Ahorita no tengo nada. Aquí no hubo agua, no nos llovió. Tenemos más de un año así.

Vive en Santa Rita, a 100 kilómetros de este municipio ubicado al sur de Nuevo León, en la sierra Madre Oriental, a mil 700 metros de altura, en medio del desierto, y a 350 kilómetros de Monterrey. No hay una sombra de árbol, todo está cubierto por el terregal blanco y los pozos están secos, anegados o con agua pestilente que la gente se ve obligada a ingerir ante la sequía más severa en esta región de los últimos 50 años.

La escena del pueblo recuerda a El llano en llamas, de Juan Rulfo. Matorrales, lechugilla, nopales, yucas, candelillas, hojasén, cerros pelones, llanos; tierra con grietas y el cielo nítido sin la más mínima sombra de una nube con lluvia. Aquí no crecen ni los zopilotes, aunque hay víboras de cascabel y lagartijas. Las reses famélicas, muertas por la sed y la hambruna, muestran su piel pegada al esqueleto.

María Cruz tiene 66 años, 10 hijos y un montón de nietos. Hoy es un día especial porque ha podido cocinar pan gracias a un kilo de harina y medio litro de leche que le regalaron. Dice que al hambre que cruje la boca del estómago la engañan con galletas de animalitos y tortillas con sal. Hace dos meses comió pollo. La carne no la ha probado en los últimos años: La carne nomás en sueños. Leche no hay. Los animales se nos murieron. ¿Café? ¿De dónde?... El vasito de agua para cenar, y órale a dormir.

Ríe constantemente. Le faltan los dientes frontales. Los surcos de arrugas cruzan su cara. Tiene los ojos amielados y el pelo cano. Lleva una cruz de madera al cuello y usa un viejo delantal que parece nunca quitarse a pesar de la falta de alimentos. Generosamente ofrece un pedazo de pan caliente que mira con ilusión. Hay una vieja mesa de madera y trastos inservibles como un refrigerador antiguo que le dieron, pero no funcionó. Los frascos están vacíos. No hay sal, ni azúcar, tampoco especies.

Desde los siete años aprendió a tallar la lechuguilla, de donde obtiene el ixtle que después vendía para conseguir dinero y darle de comer a sus hermanos pequeños. No conoce otra forma de vida más que la pobreza. Pobres eran sus abuelos, sus padres, y ahora sus hijos y sus nietos: No voy a engañar a nadie. Esta es mi vida.

Promesas incumplidas

México padece la peor sequía en 70 años. Más de mil municipios sufren los estragos de la falta de lluvia desde hace 16 meses, y 2 millones de personas están afectadas. Los 10 mil millones de pesos destinados por la Federación en un plan de emergencia no han llegado a esta parte de la República.
Hace unas semanas el gobernador Rodrigo Medina estuvo en Doctor Arroyo y dijo que entregaría ayuda a sus habitantes de los 315 millones de pesos enviados al estado para paliar los estragos de la sequía que ha provocado la pérdida de más de 40 mil hectáreas de frijol y maíz y la muerte de 10 mil cabezas de ganado.
A 15 kilómetros de terracería se encuentra Santa Rita. Las casas son de adobe, lámina, cartón y cemento. Las mujeres se empiezan a reunir en la plaza. Protestan por las promesas incumplidas del gobernador priísta Rodrigo Medina y el alcalde panista Jesús Lara Cervantes.

María Concepción Duarte Quiñones muestra un cheque gigante de cartón que hace más de un mes les entregaron para que los políticos se tomaran la foto propagandística electoral, un dinero que nunca llegó: Es el puro cartón, queremos el dinero. Vinieron muchos señores. Para qué prometen si no van a cumplir. Mentirosos. Nos da mucho coraje que cuando andan en las candidaturas nos vienen a buscar, a abrazar y a abrazar, porque quieren el voto, y cuando ya están sentados no se acuerdan de uno. Y va uno a buscarlos y nos dan con la puerta en la cara. No se acuerdan de los campesinos que nos estamos jodiendo de hambre, con perdón de usted.

María Concepción entra en una especie de monólogo mientras las otras mujeres guardan silencio y la escuchan atentas: Los políticos saben que aquí vivimos de puro tallado de la lechuguilla. Nuestros maridos tardan dos días para tallar tres kilos, cada kilo nos lo pagan en 11 o 14.50; el puro kilo de frijol cuesta 25 pesos, el aceite 28, la azúcar por las nubes. El día que comemos frijoles no comemos sopa ni tortillas, como quien dice. Nuestras familias viven de puras cucharas. No hay maíz. El día que muere un animal por la seca nos dan un pedacito de carne.

La reunión de mujeres se va convirtiendo en una especie de romería de tragedias y desgracias. Los campesinos de este lugar sufren todo tipo de carencias. Además de falta de alimentos y agua, carecen de servicio médico. Los doctores se niegan a venir hasta este lugar alejado de todo. No hay medicinas y en las urgencias los ancianos y los niños son los primeros en morir.

Valente Hernández Rosales, de 67 años, está sentado en una silla con dos perros bañados en tierra debajo de él. Tiene la mirada perdida. No habla. Hace 10 meses trabajando en el monte se le enterraron unas espinas de mezquite en el pie. Dos de sus dedos se le pusieron negros y finalmente se los amputaron: Con la azúcar está encegado completamente. No hay quien lo atienda, dice Arcelia Rodríguez, de 56 años, con cinco hijos. Sus manos y su rostro están tan arrugados como una ciruela pasa.

Recorrer las veredas y los caminos de los ejidos hasta la cabecera municipal cuesta 700 pesos. La gente no tiene dinero para acudir al centro médico. No hay ningún tipo de transporte. Lo único que se ven son burros: La gente se muere. ¿Con qué los movemos? Ahorita no tenemos ni para comer. Mi madre tiene neumonía y no tengo con qué curarla, ni doctor que la vea. No hay ni medicina, dice Audelia Rodríguez Tovar, de 39 años, mientras su hijo de cuatro años bebe un refresco entre sus piernas.

La lucha por la crisis alimentaria está encabezada por las mujeres. La mayoría talla la lechuguilla al igual que sus maridos, pero son ellas las que intentan formas de alimentación en las cocinas como Juana María Lucio Montoya, con tres hijos: Me desespero. A veces digo: ¿hoy qué les voy a dar? Hay días que sólo comemos atole de masa con chile.

Acaba de cruzar los 15 kilómetros de terracería y está cubierta de tierra blanca: La gente está muy pobre. Los animalitos se nos están acabando por la seca. Aquí está uno olvidado, abandonado. El alcalde y el gobernador se esconden. Nunca nos han dado nada, ni una despensa.

Sin agua

Aquí la Conagua no existe. Hay dos aljibes semivacíos. El agua que queda es color oscuro y huele mal. La manera de extraerla es rudimentaria. Dos niñas y un niño en el carro tirado por un burro llenan un tambo a cubetazos extraídos con cuerda. Jenny Huerta tiene 11 años y dice que viene tres veces al día a surtir el líquido: Así la tomamos. Todos los del pueblo bebemos esta agua. No hay más, es la única que nos queda.
Sólo 0.15 por ciento de las casas ubicadas en los 5 mil kilómetros cuadrados de Doctor Arroyo tiene drenaje y agua potable; y únicamente la mitad recibe energía eléctrica. El gobierno estatal y municipal se han negado a invertir en infraestructura. Argumentan que la perforación de pozos es costosa y se limitan a construir techos cuenca para almacenar agua que finalmente resulta contaminada, según señala el regidor Gerardo Javier García Maldonado.

Con 15 años dedicado a la atención en la zona sur del estado, entrega más de 200 despensas cada 15 días. La gente lo sigue, lo abraza, lo besa. Le piden solución a sus múltiples problemas, pero la magnitud de la catástrofe por la sequía es enorme: La gente tiene hambre. El fondo de ayuda no lo están implementando en pozos profundos o bombas para extraer agua. La gente está desesperada. ¿Cómo es posible que saquen agua sucia con un bote? ¿Que tomen esa agua? Por eso hay enfermedades, desnutrición, muerte.

Gerardo Javier camina por el desierto, usa botas vaqueras oscuras, cinto piteado, pantalón de mezclilla, sombrero norteño, camisa a cuadros. Nació en esta tierra y se siente desolado al recorrer la zona de desastre y sus consecuencias en la gente que quiere: En uno de los estados más ricos, el gobierno no acepta que hay 2 millones de personas que viven en extrema pobreza y no tienen qué comer. En Nuevo León hay hambruna como en Chihuahua, Zacatecas y Durango, pero lo quieren esconder.

sábado, 21 de enero de 2012

Seguimiento de la tipificación como delito "desaparición forzadas de personas" en N.L.

De: Consuelo Morales Elizondo <direccion@cadhac.org>
Fecha: 21 de enero de 2012 02:25
Asunto: Seguimiento de la tipificación como delito "desaparición forzadas de personas" en N.L.
 
Queridos, Queridas,
 
Consideramos importante hacer presencia en la Sesión Extraordinaria que se realiza en el Congreso, pues como saben, quedó agendada -aunque sin dictamen- el tema de tipificar como delito "la desaparición forzada de personas", por lo que estamos haciendo seguimiento de la comisión de Justicia y Seguridad Pública, que es la que debe terminar el dictamen y estaremos también en el pleno de la Sesión Extraordinaria.
 
Según tenemos informes mañana sábado sesionarán a partir de las 2 de la tarde.  Entonces ahí estaremos... 
 
Tenemos entendido que si no se presenta en esta sesión, se puede presentar en la siguiente Extraordinaria, que será la próxima semana... pues entonces estaremos ahí.
 
Les invitamos  a que busquen la manera de acompañarnos en el Congreso... estaremos sábado 21 de enero desde las 2 hasta que terminen, puede ser a las 6, 7 o más tarde.  Una bella oportunidad de participar, no creen?...
 
Chorros de bendiciones.
 
Consuelo
 
Ciudadanos en Apoyo a los Derechos Humanos, A.C.
Hna. Consuelo Morales E.
P. Mier 617 Pte., Monterrey, N.L.
CP 64000, México
Tels. (81)8343.5058 y 8343.6618
 
 
 

jueves, 5 de enero de 2012

Palabras de Eduardo Galeano

De: Consuelo Morales Elizondo <direccion@cadhac.org>
Fecha: 4 de enero de 2012 22:45
Asunto: Palabras de Eduardo Galeano
 
Queridas, queridos,
 
Una buena amiga, me envió  estos deseos de Galeano, que les comparto con chorros de bendiciones para este 2012.
 
Ojalá seamos dignos de la desesperada esperanza. 
Ojalá podamos tener el coraje de estar solos y la valentía de arriesgarnos a estar juntos, porque de nada sirve un diente fuera de la boca, ni un dedo fuera de la mano. 
Ojalá podamos ser desobedientes, cada vez que recibimos órdenes que humillan nuestra conciencia o violan nuestro sentido común. 
Ojalá podamos ser tan porfiados para seguir creyendo, contra toda evidencia, que la condición humana vale la pena, porque hemos sido mal hechos, pero no estamos terminados.
Ojalá podamos ser capaces de seguir caminando los caminos del viento, a pesar de las caídas y las traiciones y las derrotas, porque la historia continúa, más allá de nosotros, y cuando ella dice adiós, está diciendo: hasta luego.
Ojalá podamos mantener viva la certeza de que es posible ser compatriota y contemporáneo de todo aquel que viva animado por la voluntad de justicia y la voluntad de belleza, nazca donde nazca y viva cuando viva, porque no tienen fronteras los mapas del alma ni del tiempo. 
 
Eduardo Galeano